Cierta noche, un hombre trasnochado y ebrio, se acercó a darle las buenas noches a la dama. Era muy bella, de delgada figura, finas facciones y piel clara. Le sonrió al ebrio de forma coqueta y este quedó prendado al instante. Ignorando por completo el hecho, de que las ropas que la joven vestía no correspondía a la época.
La saludó galantemente y ella correspondió invitándolo a pasar al cementerio. El individuo se sentía con tanta suerte, que se imaginó una escena teniéndola entre sus brazos escondiéndose tras las tumbas y arboles del camposanto. Por lo cual no dudó ni un momento en seguirla hasta el rincón más apartado, donde apenas llegaba la luz de la luna.
Cuando logró alcanzarla, observó cómo aquel bello rostro no era más que una calavera amarillenta, desprovista de ojos y con las cuencas llenas de tierra; hubiera podido pensar que era una ilusión momentánea de la bebida, pero todo el cuerpo de la mujer correspondía a la visión, era un esqueleto semicubierto por un vestido desgastado y traslucido tanto que el propio viento le arrancaba pedazos en cada soplido.
Las piernas del incauto no le permitieron más que caer de rodillas y arrastrarse por el suelo hasta huir. Corrió la voz por el pueblo y aquellos que veían a la parecida al pasar las 11 de la noche, se santiguaron y pasaron rápido de largo haciendo caso omiso a las insinuaciones que les hacía.

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